SUMARIO | El MIL, GAC, Mayo 37: documentos publicos | 1973


Lunes 11 junio 2007

Entre larevolucion y las tricheras.Camilo Berneri.
Guerra de clases 1937, guerra de clases 1973

"Guerra de clases 1937, guerra de clases 1973"

[Prologo Ediciones Mayo 37]:

Acaso la victoria de la revolución sólo sea posible una vez consumada la contrarrevolución Karl Marx

Camilo Berneri, militante anarquista italiano, fue indiscutiblemente uno de los más lúcidos y radicales combatientes de la revolución iniciada en España el 19 de julio de 1936. Su actitud revolucionaria sin concesiones, manifestada desde las columnas de su revista “GUERRA DE CLASES” –así como desde las trincheras del frente de Aragón y las barricadas de Barcelona- sirvió para evidenciar todo el enorme alcance de la audaz lucha emprendida por el proletariado español y los peligros que le acechaban. Su muerte, en 1937, a manos de la contrarrevolución estalino-capitalista no hizo sino confirmar trágicamente lo acertado de sus previsiones y advertencias.

Como Berneri, tampoco la revolución española pudo sobrevivir a la feroz represión del proletariado en armas por parte de la burguesía republicana y de su fiel servidor el partido comunista. Pero a pesar de todo, estas jornadas de mayo del 37 que vio a los obreros catalanes enfrentarse a sus aliados de la víspera para defender con su sangre las conquistas de la revolución del 19 de julio, habían marcado de forma imborrable el más alto punto de la radicalidad revolucionaria. Por eso decimos que para poder conocer la vía revolucionaria que se perfila a través de las actuales luchas, hay que haber sabido captar el sentido profundo del mensaje de Camilo Berneri; hay que ser capaces de interpretar en el 73 las claras lecciones de mayo 37.

No pueden comprenderse los acontecimientos de mayo 37 en Barcelona mas que haciendo referencia a la realidad histórica del momento: por una parte, a la decadencia del sistema capitalista y, por otra, a la depresión profunda del movimiento obrero internacional. Veamos rápidamente de que se trata.

Después de la guerra imperialista 1914-1918, que llevó al capitalismo al borde la revolución en todo el continente, el sistema sólo logró alcanzar una situación de falsa estabilidad que fue bruscamente desmentida por la crisis mundial de 1929: el capitalismo se veía progresivamente abocado a la barbarie que culminaría con la guerra mundial de 1939-1945.

El declive capitalista fue muy acusado en un país como España, donde la clase dominante estaba constituida por una inestable mezcla de una burguesía industrial débil –fuertemente supeditada a los trusts extranjeros- con un amplio sector retardatario compuesto por feudales aburguesados, nobleza terrateniente, grandes dominios eclesiásticos, que llevaban a cabo una feroz explotación de la clase obrera y del campesinado.

Con la crisis del 29, cayó en España la falsa estabilidad simbolizada por la dictadura de Primo de Rivera, arrastrando en su caída a la propia monarquía. Pero la república burguesa de 1931 no podía, sino, poner de manifiesto la debilidad congénita de la clase dominante española, carente de un poder central sólidamente constituido y organizado, limitada a un estrecho margen de maniobra política, sin amplias en que apoyarse, y enfrentada a la potente capacidad combativa de una clase obrera y campesina sensibilizadas por los crecientes contrastes sociales (expresión de la pobreza económica del país) y templadas, por otra parte, en las insurrecciones esporádicas a que dicha miseria les conducía.

El capital se enfrentaba al período de decadencia del sistema recurriendo a dos formas estratégicas aparentemente opuestas, pero al servicio de unos mismos intereses: en unos países, jugando la carta del fascismo (Alemania, Italia, Portugal..).; en otros, jugando la carta de la democracia y reuniendo entorno al programa del capital (New Deal, intervención directa del Estado en la economía) a todas las clases sociales (frentes populares). En España, la burguesía intentó al mismo tiempo las dos estrategias: por una parte el autoritarismo fascista (Sanjurjo 1932, Gil Robles 1933-1935, Franco 1936); por otra parte la “república democrática”, el frentepopulismo, la unión sagrada –en torno al programa político del capital- de la burguesía “avanzada”, de las capas medias y de las organizaciones obreras, desde la UGT y los estalinistas hasta la propia CNT-FAI.

Es, este doble juego de la burguesía española, lo que explica que la insurrección franquista del 18 de julio de 1936 fuera algo más que un simple pronunciamiento militar, y que gozara indiscutiblemente de la complicidad tácita de la República del Frente Popular. Sin embargo, la respuesta absolutamente espontánea e irresistible de la clase obrera logró modificar la situación en 24 horas, sacando de su pasividad a las organizaciones obreras y rompiendo la sórdida hostilidad de la burguesía republicana que, según el propio Alcalá Zamora, no habría pensado en resistir a Franco sino hubiera sido impulsada a ello por las masas.

Los hechos hablan claro. Precisamente a partir del 19 de julio el proletariado, conjugando su lucha armada con la huelga general, logra llevar la lucha social a su más alto punto de tensión. Sólo a partir del 28 de julio, con la extinción completa de la huelga general, la aterrorizada burguesía republicana puede volver a pensar en adaptarse a la nueva situación, legalizando los hechos consumados, expropiaciones, reparto de tierras, control obrero, depuración del ejército y de la policía, etc…siempre y cuando estas conquistas acepten quedar supeditadas a las necesidades de la guerra antifranquista y el dejar así de lado, con el pretexto de la guerra, la necesaria destrucción del poder político de la burguesía: el Estado capitalista.

Las milicias proletarias, surgidas espontáneamente de la fermentación social, cayeron muy pronto bajo un control cada vez mayor del “Comité Central de Milicias”, organismo formalmente “proletario” pero bajo el control político de socialistas, estalinistas, anarquistas y partidos burgueses que contaban con la mayoría de delegados. Paralelamente, las colectivizaciones, destinadas a colocar las relaciones de producción y de distribución bajo el control directo del propio proletariado, vieron supeditado su funcionamiento a la instancia suprema del “Consejo de Economía”, ministerio de Economía del gobierno de la “Generalitat de Catalunya”.

La burguesía conservaba algo más que un simple poder de fachada. Los engranajes fundamentales del Estado quedaron prácticamente intactos: el ejército (aunque bajo nuevas formas), la policía (los cuerpos de guardias de asalto y guardia civil no fueron disueltos y se quedaron en los cuarteles esperando su oportunidad), y la burocracia (dedicada a inspirar en el sentido de los intereses de la burguesía las decisiones del Comité Central de Milicias y del Consejo de Economía). La huelga de masas inicial se había transformado en una guerra que oponía a obreros contra obreros y a campesinos contra campesinos bajo el control de la burguesía, tanto en el campo de Franco como en el de Companys y Azaña. Era evidente que incluso la victoria del bando antifascista amenazaba con fortalecer a la burguesía republicana y volverse así contra los intereses del proletariado.

Al mantenimiento de los engranajes del Estado y a la obstrucción de las realizaciones de la revolución tanto en el frente como en la retaguardia, vino a añadirse el reforzamiento de la política de la burguesía por la Sagrada Alianza de ugetistas, estalinistas y la dirección de la CNT-FAI. La reacción estalino-capitalista buscaba continuamente ocasiones para atacar la revolución. A fines de abril, la Consejería de Orden Público trató de poner en práctica el acuerdo de la Generalitat que prohibía la circulación y el ejercicio de sus funciones a las Patrullas de Control: los trabajadores armados se apostaron en lugares estratégicos y desarmaron a 250 guardias enviados por la Generalitat. Así mismo, la Generalitat envió tropas a la frontera para reemplazar a los comités obreros que la controlaban desde el 19 de julio: fueron rechazadas y desarmadas en su mayoría, registrándose violentos choques especialmente en la zona de Puigcerdà. Se presentía próximo un choque general y decisivo.

Fue precisamente en mayo del 37 cuando la contrarrevolución, cumplido su trabajo preparatorio, juzgó llegado el momento de pasar de la ofensiva verbal a la ofensiva armada, avalanzarse sobre la revolución, desarticularla, obligarla a retroceder, aniquilarla. Así, el día 3 de mayo de 1937, a las tres menos cuarto, el comisario de Orden Público de la Generalitat, Rodríguez Salas (estalinista), al frente de una banda de guardias de asalto trató de ocupar el edificio central de teléfonos (plaza Catalunya), provisto de una orden firmada por Aiguadé, consejero de la Generalitat: los obreros de la telefónica contestaron a las armas con las armas. Inmediatamente, sin más convocatoria que el ruido de los primeros disparos, los obreros catalanes se levantaron en armas como el 19 de julio, conjugando la huelga general con la lucha armada, llenando el país de barricadas y preparándose para el asalto de la Generalitat a la primera orden del mando supremo de la CNT-FAI. Como la provocación fascista de julio del 36, la torpe provocación estalinista de mayo del 37 sólo sirvió para poner de manifiesto la decisión del proletariado catalán de llevar la lucha de clases hasta sus últimas consecuencias.

El Gobierno Central reaccionó rápidamente en su doble frente político y militar, enviando a Catalunya, por una parte, a dos representantes de la Sagrada Alianza –los “ministros anarquistas” García Oliver y Federica Montseny- y por otra, a 5000 guardias de asalto, mientras los buques de guerra apuntaban sus cañones sobre Barcelona. Ante la represión conjunta del poder de la burguesía, de las organizaciones obreras contrarrevolucionarias (UGT, estalinistas) y de la dirección de su propia organización –CNT-FAI-, quedó aplastada, no sin resistencia, la última tentativa del proletariado en armas para salvar la revolución. Desarmado física y moralmente el movimiento revolucionario, la victoria franquista era ya únicamente una cuestión de tiempo.

PARA GARANTIZAR LA REVOLUCIÓN NO BASTA CON QUE LAS MASAS ESTEN ARMADAS Y HAYAN EXPROPIADO A LOS BURGUESES: ES PRECISO QUE DESTRUYAN DE ARRIBA ABAJO EL ESTADO CAPITALISTA Y ORGANICEN SU PROPIO SISTEMA, ES PRECISO QUE SEAN CAPACES DE COMBATIR LAS IDEAS REPRESENTADAS POR LOS LIDERES ESTALINISTAS Y REFORMISTAS CON EL MISMO RIGOR CON QUE ATACAN A LOS CAPITALISTAS INDIVIDUALES Y A LOS LIDERES DE LOS PARTIDOS BURGUESES. A partir de mayo 37, toda tentativa revolucionaria que no sepa ser fiel a tal experiencia se condena pura y simplemente a la inexistencia. Asaltar el Estado, enfrentarse sin vacilaciones a la contrarrevolución estalino-reformista: tales son los rasgos distintivos de la revolución que se avecina.

Sólo puede comprenderse el actual resurgir revolucionario haciendo referencia a la realidad histórica del momento: por una parte, a la decadencia del sistema capitalista y, por otra, a la superación de la depresión profunda en que se ha visto sometido el movimiento obrero internacional. Veamos rápidamente de que se trata.

La derrota en 1937 del último bastión revolucionario, no era más que el preludio de la contrarrevolución internacional con toda su barbarie: guerra mundial, campos de concentración, terror atómico. El capitalismo en su fase de decadencia necesitaba recurrir a tales medios tan brutales y expeditivos para prorrogar las contradicciones del sistema: mediante la guerra-destrucción pura y simple de medios de producción, mercancías y hombres, el mercado quedaba temporalmente despejado para poder emprender un nuevo ciclo de acumulación del Capital. Era preciso que el auge económico de la postguerra llegara a su madurez para que afloraran de nuevo las contradicciones del sistema.

Con la guerra mundial, el proletariado internacional vio cerrados sus horizontes revolucionarios quedando todas sus energías supeditadas a los intereses del llamado “bloque aliado” que reunía en su seno a las democracias burguesas y a la Unión Soviética que asumía definitivamente el papel de potencia imperialista. La postguerra sólo sirvió para que la clase obrera fuera sometida a un proceso de explotación creciente, de reconstrucción ampliada del aparato productivo, de intensificación de los ritmos de productividad, de aumento de la tasa de plusvalía, y, en definitiva, de integración moral y física al programa político del Capital.

Esta integración al programa del Capital corre a cargo no sólo del dominio directo de la burguesía y su Estado, sino también de las organizaciones obreras (sindicatos, partidos socialistas y comunistas), dedicadas a encuadrar al proletariado mediante unas estructuras rígidamente jerarquizadas y burocratizadas para negociar en nombre del proletariado, pactos con la burguesía. Pero, a medida que el nuevo proceso de expansión del Capital ve cubiertos ya sus objetivos y que el desarrollo de las fuerzas productivas deja atrás las condiciones propias de la fase de reconstrucción de la postguerra, las contradicciones del sistema aparecen de nuevo a plena luz perfilándose claramente la alternativa revolucionaria al programa político del Capital.

Las llamadas “huelgas salvajes” (es decir, huelgas emprendidas al margen y muchas veces en contra del sindicato y organizaciones de encuadramiento), van tomando cada vez más importancia y fuerza en los países desarrollados: una fracción creciente de la clase obrera se ve lanzada, incluso en nombre la simple eficacia, a no confiar más sus reivindicaciones a las organizaciones tradicionales, a dar a sus luchas una organización autónoma: a asumir por sí misma la defensa de sus intereses. Estas “huelgas salvajes”, que tienen, al principio, el carácter de motines aislados, llegan a convertirse en vastos movimientos de “huelga general salvaje”: tales son los casos de Bélgica en 1960-61, de Francia en 1968, de Polonia en 1970-71.

Con ello entra definitivamente en crisis el encuadramiento del proletariado a través de sus engranajes tradicionales de mantenimiento del sistema. Es sólo el anuncio de un vasto movimiento del proletariado internacional para destruir las relaciones sociales existentes (trabajo asalariado, explotación del hombre por el hombre), e imponer su propio sistema: el Comunismo. Lo nuevo de las luchas actuales y su fuerza revolucionaria radica en que las condiciones de la revolución comunista existen ya ahora: su desencadenamiento es sólo cuestión de circunstancias. El capitalismo se halla efectivamente amenazado por la menor chispa.

La lucha cotidiana de la clase obrera en nuestro país así lo atestigua. El movimiento obrero español está viviendo en nuestros días el paso de las luchas “salvajes” al margen de sus vanguardias dirigistas, a la constitución de su Organización de Clase. Importantes fracciones del movimiento obrero en su lucha cotidiana contra el capitalismo se vieron llevadas a romper con unas organizaciones cada vez más manifestadas como trabas a su avance. La ruptura con el reformismo del PC y de las Comisiones Obreras por él controladas, fue sólo un primer paso hacia la Organización de Clase. A continuación, el proletariado ha tenido que enfrentarse con idéntico rigor a las tentativas de implantar nuevos dirigismos en el seno de movimiento obrero antirreformista por parte de todo un enjambre de grupúsculos y “vanguardias”. El contenido de la lucha de estos últimos años va tomando forma, organizándose, generalizándose, planteando claramente las condiciones que caracterizan la Organización de Clase del proletariado. La clase obrera toma conciencia de su situación en el curso de su propia lucha; se organiza en la misma base, en fábricas y barrios; no admite una separación entre dirigentes y ejecutantes en el seno de la organización revolucionaria; lucha ya desde ahora por una sociedad en que la emancipación de los trabajadores sea obra de los trabajadores mismos, una sociedad sin clases. Como Berneri en el 37, nosotros en el 73 luchamos por la revolución y por la Organización de Clase que la hará posible.

Ediciones Mayo 37

Ediciones Mayo 37 se propone mostrar la razón y el mecanismo de las luchas pasadas, presentes y futuras del proletariado en su práctica comunista. Vemos que aniquilar todas las mistificaciones del Capital, vengan del Estado, del PC, o de los grupúsculos, es una práctica comunista. Que ello se haga mediante la palabra o el acto responde a las necesidades de cada momento y de cada circunstancia. Participar en la agitación y en la unificación que los movimientos sociales emprenden desde distintas partes es una práctica comunista. A su manera, el Comunismo ha pasado ya al ataque.